lunes, 28 de marzo de 2016

Jubileo de la Misericordia 7

En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia... Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre. (Misericordiae Vultus 4)
Aunque sea un concilio y tenga toda la autoridad de la Iglesia, el Vaticano II (1962-1966) ha conocido una difícil y accidentada recepción. Era de esperar, pues su convocatoria y desarrollo estuvieron desde el primer momento bajo la presión del miedo a los cambios y la renovación. Miedos que, ya en el tiempo de su puesta en práctica, no solo no cesaron, sino que para algunos sectores de la Iglesia se vieron confirmados con las dificultades de todo periodo de transformación y actualización. Sin embargo, el Espíritu Santo, que aunque no siempre se le reconozca, sí que actúa y lo hace de manera profunda e irreversible, ha permitido que aquel acontecimiento, sus textos y directrices, su motivación y estilo colegial, sean ya no solo patrimonio sino guía de orientación en la marcha futura de la Iglesia. Por eso hay voluntad de vivir lo que enseñó el concilio, sobre todo su propuesta de centrar la vida de la Iglesia en su misión de evangelizar. Pero ante las dificultades internas y socio - culturales que afronta hoy el Cristianismos el concilio ha de vivirse también en su carisma de entusiasmo, ilusión, esperanza y alegría. Y junto a ese «tempo» o ritmo eclesial, tan alejado del estancamiento, cuando no de la vuelta al pasado, igualmente hay que acoger como uno de los valores seguros y más importantes del concilio, su mirada al mundo, su apertura a las realidades sociales del presente. La Iglesia que como pueblo de Dios es signo de Cristo en el mundo (Lumen Gentium), se alimenta de la Palabra de Dios releída como palabra salvífica, libre y siempre nueva (Dei Verbum) y celebra en su liturgia la constante presencia de Dios en la historia (Sacrosanctum concilium), para compartir su fe con el mundo y servir al hombre de hoy con nuestra caridad (Gaudium et spes) Es posible cambiar, la Iglesia lo intentó y lo consiguió con el concilio Vaticano II. Seguro que algo se perdió, y que no fue fácil ni cómodo, pero la renovación de aquella decisión comunitaria sirva de aliento para que ahora cada uno lo intentemos también con nuestras vidas y así podamos sumarnos a la evangelización del tiempo presente.

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