viernes, 29 de abril de 2016

Domingo 1 de mayo, VI de Pascua (Ciclo C)


LECTURAS


  • Hechos de los apóstoles 15,1-2.22-29
  • Sal 66,2-3.5.6.8
  • Apocalipsis 21,10-14.21-23
  • Juan 14,23-29


Si para Jesús amar al Padre y sentirse amado por Él como un Hijo suponía una misión de fidelidad hasta el extremo, no pensemos que a nosotros se nos ahorrará la parte de corresponsabilidad que todos los hijos tienen con la causa común que el Padre les confía. Creer en Jesús es compartir su misión. Ser amados por Dios es sentirse encargados de hacer realidad su divina voluntad de fraternidad universal. Es cierto que todo ello no es realizable si no se viven esa fe y ese amor en el mismo Espíritu con que Jesús se sabe amado y enviado. El Espíritu de Cristo no es una fuerza difusa, una energía cósmica, un halo o aura etérea, es el modo y la intensidad misma con que Jesús se siente amado por el Padre y corresponsable con Él. Ese mismo Espíritu se convierte en ánimo para nuestra misión en la vida si lo aceptamos como Jesús lo aceptó, con decisión y confianza. No faltarán los momentos de dudas respecto a nuestras fuerzas, pero lo que nos moverá más allá del estancamiento y el miedo no será la seguridad del que lo sabe todo y tiene las pruebas de lo que cree, sino la del que siente que han confiado en él, no tanto por una superioridad a todas luces irreal, cuanto por un amor gratuito. Y por eso brota la paz, porque no somos lo que nos merecemos, sino lo que por amor intentaremos conseguir. No creemos en Dios de cualquier manera, sino como Cristo nos enseñó a creer, como un regalo, una tarea y una promesa que Él ya ha cumplido.

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