viernes, 8 de abril de 2016

Domingo 10 de abril: III de Pascua (Ciclo C)

LECTURAS


  • Hechos de los apóstoles 5,27b-32.40b-41
  • Sal 29,2.4.5.6.11.12a.13b
  • Apocalipsis 5,11-14
  • Juan 21,1-19

Lo dicho: ver, tocar, comer con Él… textos que parecen mostrar la Resurrección como una realidad sensible. Y puede que así fuera para quienes así lo vivieron. Pero hoy, aquí y ahora, para los que hemos de creer sin ver, ¿qué nos dicen estas trazas narrativas? Estamos en Galilea, lugar de la misión de Jesús. Los apóstoles están haciendo lo mismo que hacían cuando Jesús los llamó: pescar. Galilea y la pesca. Es un texto de llamada y misión, de vocación al seguimiento de Jesús, en lo que consiste ser cristiano. El mismo discípulo que, según Juan, la mañana de la Resurrección llegó primero a la tumba, pero no entró, pues ya creía lo que no tenía necesidad de ver, el propio apóstol Juan reconoce al Señor, al que todos ven pero ninguno identifica: «Es el Señor». No el que puede estar muerto, porque aquella fe en Dios y aquella entrega a su causa no podían morir, sino el que los llamó para ser sus seguidores, el que los convirtió en pescadores de humanidad nueva. Pedro, el que solo después de entrar en la tumba y ver lo que vio —sudario, vendas— y no ver el cuerpo de Jesús, se fía de la palabra del que cree y cree de nuevo por lo que no ve, sino por lo que le dicen. Y por creer y lanzarse al agua para allegarse junto a su Señor, se vuelve a encontrar con lo mismo que se encontró cuando lo siguió dejando las redes: una invitación al amor y un encargo para compartir su misión: «Apacienta mis ovejas». Siguiendo a Jesús se le reconoce resucitado, reconociéndole resucitado se siente uno llamado a seguirle.

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