viernes, 15 de abril de 2016

Domingo 17 de abril: IV de Pascua (Ciclo C)

LECTURAS


  • Hechos de los apóstoles 13,14.43-52
  • Sal 99,2.3.5
  • Apocalipsis 7,9.14b-17
  • Juan 10,27-30
Y porque Jesús y el Padre son uno, tal y como los discípulos pudieron comprobar en tantas ocasiones en que lo vieron orar con todos los sentidos puestos en la comunicación con Dios, o cuando lo veían confiar plenamente en Dios ante lo que parecía imposible, por esa íntima unión con Dios, Jesús vive después de la muerte. Resucitó a la vida que había empezado a vivir anunciando el Evangelio, curando a los enfermos, mirando a todas las personas como Dios las mira, con amor de Padre. Y por eso también la relación de Jesús con «sus ovejas» no es un mero liderazgo, ni siquiera un discipulado sin más. Aquellos a los que se siente enviados, para cuidarlos y acompañarlos, le son tan próximos y tan caros como lo es el mismo Dios con el que se sabe uno. En Jesús, la unión con Dios es la fuente y el modelo de su comunión con las personas y su misión de servicio y pastoreo de los que Dios ama entrañablemente. Y aunque la Iglesia sea una realidad sociológica y como tal cuente con una organización, y unas estructuras jerárquicas, y hasta un Derecho Canónico, lo que realmente la sustenta, le da sentido y constituye su verdadera razón de ser es, por encima de todo, suscitar esa unión entre nosotros y con Cristo, para sentir con Él la profunda y amable pertenencia a Dios. Y en esa complicidad nadie puede separarnos, ni siquiera la muerte (Rm 8,35ss).

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