lunes, 4 de abril de 2016

Jubileo de la misericordia 8


Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: «En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella». (Misericordiae Vultus 4)
Si en algún momento se confundió la verdad de la fe con la imposición intolerante o la exigencia excluyente, el Vaticano II convocado por san Juan XXIII nos reconcilió con nuestra más auténtica identidad, querer como las madres, curar como el Evangelio, comprender como el que se sabe perdonado, amar como Él nos amó primero. En esa misma homilía de la apertura del concilio, el papa Roncalli también distinguió entre la verdad inmutable y las fórmulas que a lo largo del tiempo transmiten esa verdad, con sucesivas adaptaciones que permitieran decir lo que no cambia con el lenguaje de cada momento, profundizando cada vez más su valor para cada época. En esa fidelidad a lo esencial hay que asumir cambios en los modos de pronunciar lo que está destinado a ser comprendido, para que le sirva de medicina, por la humanidad que es su verdadera destinataria. Eso no quiere decir que la Iglesia abdique de su responsabilidad para con la integridad y verdad del mensaje que debe transmitir, de las orientaciones morales y doctrinales con las que ayuda a vivir ese mensaje. Pero dicho cuidado no puede convertirse en un tribunal más que acabe rodeando con un cerco de miedo la verdad de la fe. Esa una verdad para vivirla y el mejor modo de comunicarla siempre será poner en práctica su más profunda veta, el amor que Dios es, el amor que Dios nos pide. Misericordia, amabilidad, benignidad, paciencia, bondad... esos son los más auténticos registros en los que se podrá hacer comprensible y atractiva la verdad del Evangelio, que Dios nos ama y quiere para nosotros la dicha de conocer ese amor y compartirlo con nuestros hermanos. De este modo, el Jubileo de la Misericordia, a los 50 años de la clausura del concilio Vaticano II (8 de diciembre de 1966) es una digna recuperación del lenguaje y el manual de cortesía evangelizadora que la Iglesia consideró que mejor puede servir para nuestro tiempo.

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