lunes, 11 de abril de 2016

Jubileo de la misericordia 9

El beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: «Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno... Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades». (Misericordiae Vultus 4)
Servir, servir y servir. Con la predicación y la caridad, con la comunidad y la evangelización. Servir al que lo necesita sin servirnos nunca de ellos como medio o como número. Servir porque para ello valen las palabras y el ejemplo de Jesús, porque nos asisten los que para servir dieron sus vidas y hoy nos animan con su historia y nos sostienen con su intercesión. Y para ello, Pablo VI, que fue el papa que llevó el concilio a término, resume con claridad el «espíritu» del concilio: una corriente de simpatía hacia el mundo. Es falso que, aunque haya habido encontronazos, la Iglesia renuncie al mundo, le dé la espalda a la cultura y vaya contra el tiempo presente, que es el de la modernidad. Es falso y además sería un suicidio para la misión de la Iglesia es anunciar al mundo el Evangelio. Difícilmente podría comunicarse con quien no se hablara, servir a quien no ama, pronunciar una palabra de salvación a quien hubiera condenado de antemano. Si el mundo está perdido, si es irrecuperable, querría decir en todo caso que hemos fracasado, que la vida y la palabra de Cristo no se han cumplido en su finalidad salvadora y universal. Así que, con esta simpatía hacia el mundo, no se trata de una táctica publicista, sino de un imperativo constitutivo del ser y la misión de la Iglesia. Y además, precisa el papa Montini, con sabiduría que le adornaba, este servicio evangelizador que es nuestra tarea, tiene como beneficiario a la humanidad en su integridad personal y social, superando exclusiones y tabúes que nos impidan hablar a todos y hablar de todo, pues nos dirigimos al hombre de carne y hueso, condicionado y con necesidades. Hubo un filósofo ateo, padre de los «maestros de la sospecha», Ludwig Fuerbach que reclamó una filosofía del ser humano en su integridad, y no sobre una idea abstracta de lo humano. Aún así, se le fue la mano idealista y también retrató de nuevo, una humanidad de papel y tinta, de conceptos. Por eso sus albaceas reclamaron que al ser humano había que ponerle rasgos económicos (Marx) y psicológicos (Freud), amén de entronizarlo como dueño de su destino (Nietzsche). Y en esa empresa, Dios les estorbaba, porque les parecía un rival del hombre. Sin embargo, el Dios que se anuncia con caridad y como servicio a la realidad integral de las personas, con simpatía para con lo humano de cada momento, podrá aceptarse o no, pero nunca se verá como un enemigo. De esto, en realidad, se trataba, de hablarle al hombre todos los tiempos, también los modernos, de que Dios es amigo del hombre,

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