viernes, 6 de mayo de 2016

Domingo 8 de mayo: VII de Pascua, la Ascensión


LECTURAS


  • Hechos de los apóstoles (1,1-11):
  • Sal 46,2-3.6-7.8-9
  • Efesios (1,17-23):
  • Lucas (24,46-53

Betania, el lugar de refugio y solaz que fue para Jesús la casa de Lázaro, Marta y María . Muy cerca de Jerusalén, pero en la periferia. El cristianismo, el anuncio de la Resurrección y su transformación en comunidades de vida empezarán en Jerusalén, donde Cristo fue crucificado, donde estuvo su tumba ahora vacía. Pero este nexo de unión entre Jesús y la eternidad de la que proceden el amor del Padre y su envío como mensajero del Reino acontece en las afueras, en el terreno familiar y entrañable de la amistad, la fe compartida y la comunión de sentimientos que nos permite a todos vivir por encima de las muertes cotidianas que son las mil y una frustraciones de toda vida. Betania, lugar del recuerdo de lo que Jesús dijo e hizo, de la toma de conciencia de cuanto se ha cumplido en su vida, muerte y resurrección. Hay un dejar partir a Jesús en esto de la Ascensión al cielo, un aceptar que pertenece a Dios porque siempre fue de Dios. En parte, esa aceptación forma parte de la fe en la Resurrección, así como de la fe con que Cristo nos envía a recibir su Espíritu y anunciar lo que hemos vivido con Él. Por eso la alegría ha sustituido al estupor de los primeros días tras la muerte en la cruz, incluso el temor reverencial de la progresiva conquista del hecho de su Resurrección. Alegría de quien sabe que la Ascensión no es tanto separación, alejamiento, cuanto elevación al plano de la realización y de la consumación. Todas las palabras, acciones, relaciones, todas las peripecias, incluidas las de la pasión y muerte, ahora se enlazan y cobran sentido en la vida de Dios. No hay arriba, abajo, lejos ni cerca, sino sentido profundo que reúne todo lo que ha sido y lo reconoce ya para siempre donde será de verdad. Y con todo, aún falta algo. Los discípulos sienten a Cristo de Dios y con Dios, recuperan su vida como parte de la de Dios… pero aún falta un empujoncito para convertir esa experiencia de comunión con Cristo por la fe en su Resurrección en su propia misión, la de la Iglesia. Para eso hace falta no solo creer, sino sentirse habitados por su mismo Espíritu, y eso es ya harina de Pentecostés.

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