lunes, 2 de mayo de 2016

Jubileo de la misericordia 11


A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros. (Misericordiae Vultus 5)
Como la Pacem in terris de San Juan XXIII y la Laudato si' del propio papa Francisco, como la intención que guiara el Vaticano II, esta convocatoria del Jubileo de la misericordia quiere llegar más allá de la pertenencia a la Iglesia, de la confesión del credo y la identidad del Bautismo. Pues siendo la misericordia la energía divina que mueve la historia de la salvación, nuestra vivencia de la misma ha de ser fraternal y constructora de una sociedad más humana, más justa, más solidaria. Como las ominosas nubes de humo contaminado, o la lluvia ácida, o la radiactividad, los graves problemas que acucian a la humanidad actual no conocen fronteras, son multinacionales como también lo son esas empresas anónimas que se benefician de todos para sólo su propio beneficio. Y pues son móviles y transversales esas peligrosas grietas en el casco de la supervivencia y la sostenibilidad humanas, requieren soluciones igualmente compartidas: globales, pero no teóricas; planetarias, pero también personales. El papa, con sana pedagogía que sabe de las fortalezas del pueblo, nos anima a encontrar ya entre nosotros las primicias de la curación y la transformación que el hombre y la tierra necesitan. No comparte pues, Francisco, el derrotismo de quienes creen que todo está perdido. Y la prueba de que no lo está, son múltiples, aunque modestas iniciativas de economía social, de compromiso altruista, de rompedoras reivindicaciones por lo que es de todos. Comunes son los problemas y común ha de ser el empeño y los recursos para solucionarlos. La misericordia divina, aunque sólo el creyente la reconozca, en cuanto atañe a esos mismos territorios de la comunidad humana, es un acicate para que con todos, creyentes o no, apostemos por objetivos prioritarios y riesgos repartidos. Costará cambiar el concepto de crecimiento, y el de nacionalidad, y también las pulsiones y apegos consumistas, pero como esos dos grados que a toda costa hemos de evitar en el calentamiento de la Tierra, las cotas que nos marquemos, si las buscamos y acercamos entre todos, son alcanzables. Ese es el efecto balsámico de la misericordia que, con o sin fe, con ese nombre u otros, hemos de prorratear y extender.

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