martes, 17 de mayo de 2016

Jubileo de la Misericordia 13


Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor «visceral». Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón. (Misericordiae Vultus 6)
Si Dios no es una mera idea, pues tiene rostro y ese rostro es Jesús, tampoco su acción de amarnos podía quedarse en las palabras. Es acción que transcurre en el tiempo aunque Él no tenga tiempo, que se vive en el espacio que cada uno ocupa, aunque Dios esté en todos los espacios y a todos los trascienda. Pero ese siempre más grande de Dios, semper magis, tiene como intención, estilo y desarrollo su amor, vida que quiere dar vida, plenitud que pugna porque todo llegue a ella. Nos resulta difícil de aceptar tanta ternura, no porque sea de Dios, sino porque nosotros apenas si llegamos a ser humanos por la dureza de corazón. Tal vez esa costra empiece por no amarnos a nosotros mismos. Esa difícil tarea de conocerse y aceptarse muchas veces encalla en una enemiga con nuestros propios defectos, o con nuestras virtudes convertidas en tiránico perfeccionismo, o por un episodio que nos dejó malheridos afectivamente... pero el caso es que cuando no nos acabamos de querer tampoco nos creemos que somos amados, dignos de ser amados. Puede que con divina psicología, el Dios que Jesús llamaba Padre, ama de por sí y porque tiene una mirada mucho más profunda y acogedora para que esas defensas tras las que nos ocultamos, le impidan vernos dignos de ser amados. Y así Él actúa como es, y es como actúa: con amor que no se encoge ni se espanta por nuestras pequeñeces. Es y actúa acompasando su paso al nuestro, su palabra a nuestra comprensión, su voluntad a nuestra lenta disponibilidad para aceptarla. La historia de Israel que cuenta esa parte de la Biblia que llamamos Antiguo Testamento, nos lo muestra con dolorosa crudeza. Los pasajes que nos parecen impropios del Dios que Jesús nos enseñó a llamar Padre, no son sino las marcas de un largo camino de aprendizaje en el que Dios fue actuando al lento ritmo de nuestra evolución espiritual para que comprendiéramos que no estaba por los sacrificios humanos -Abrahám-, ni por un culto meramente externo -los profetas- y que aunque hiciéramos suya nuestra dificultad para comprender sus entrañas amorosas reveladas en Cristo, Él prefería la misericordia al juicio y los sacrificios. Aunque a veces nos escandalicen esas reliquias del costoso proceso de crecimiento espiritual y comprensión intelectual de cómo es Dios en realidad, merece la pena ver en ellas cómo Dios ha hablado en la historia sin manipularla ni acomodarla, sino desde dentro y a través de nuestra esforzada maduración creyente. Sí, así es y actúa Dios.

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