viernes, 10 de junio de 2016

Domingo 12 de junio XI de Tiempo Ordinario



LECTURAS


  • 2 Samuel (12,7-10.13
  • Sal 31,1-2.5.7.11
  • Gálatas (2,16.19-21
  • Lucas (7,36–8,3

Nos encontramos con una de las parábolas de la misericordia de Lucas, las otras dos son la del buen samaritano (Lc 10,25-37) y la del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Con ellas el Evangelio de Lucas se tiene bien merecido el título de Evangelio de la misericordia. Como en el caso del hijo pródigo, aquí la misericordia está en el perdón. Es difícil perdonarse a uno mismo, por ello a veces es tan necesario que sea otro el que lo comunique para que sea más creíble, esa es otra de las virtuales cualidades del sacramento de la reconciliación. Así lo hace Jesús con aquella mujer. Pero de paso se trata de una catequesis sobre el ser más íntimo de Dios, que es amor sin condiciones y, por ello, siempre dispuesto al perdón. Para sentirse perdonado uno tiene que recobrar la fe en sí mismo, la fe en que somos más de lo que hacemos o de lo que nos pasó. Esa dignidad dañada por los errores de la vida es la que Dios siempre tiene a la vista, de modo que ni las faltas le impiden vernos amables, dignos de ser amados. El que da de comer al hambriento y se compadece de la viuda que ha perdido a su único hijo pronuncia también la misericordia con la actitud regeneradora de la dignidad plena que es la reconciliación. De paso, confirmando esta opción de Jesús por rescatar la plena dignidad de las personas, Lucas insiste en el lugar de las mujeres dentro del grupo de seguidores de Jesús. Les da visibilidad y les pone nombre. Le seguían un grupo de mujeres y todas tenían su historia, esa que tantas veces escamotea la historia contada por los varones. En esa igualdad también se muestra el carácter creador de la misericordia.

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