lunes, 6 de junio de 2016

Jubileo de la Misericordia 16

Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. (Misericordiae Vultus 9)
El Cristianismo es una espiritualidad, qué duda cabe, pero no es sólo espiritualidad. Sin la experiencia de Dios que transpira por todos los sentidos e inteligencias y emociones de la persona, no hay fe, ni religión que se precie. Por eso la llamada a revitalizar la espiritualidad es siempre pertinente, pues toca y despierta las fuentes más originales de la actitud religiosa. Y, sin embargo, con ser fontal y originaria, la espiritualidad no será cristiana si no está animando y expresándose en un compromiso decidido por el bienestar y la dignidad de todas las personas, sobre todo de aquellas que son más amenazadas. No es que la fe esté conectada, sea afín con una opción moral, es que sin ella no es tampoco fe, como no lo es sin espiritualidad. Por eso, en Mt 25 resuena con carácter vinculante y apremiante el control de calidad del auténtico cristianismo: si no hubo solidaridad, si nos faltó la caridad para con el que carecía de lo imprescindible, si no se nos ocurrió curar, visitar, alimentar, socorrer... no podemos hablar de Cristo y su Evangelio con realismo, con conocimiento de causa, pues la causa es el amor y solo amando se puede mostrar. Y entre las intrínsecas consecuencias morales de este amor que al amor nos lleva, de este «mirar al pobre con el corazón» que es la misericordia, el papa resalta una en la que Cristo insistió sin desmayo: el perdón, la reconciliación. Que es, por supuesto, el perdón de las ofensas personales, las sufridas en el inevitable roce erosivo de las relaciones, como fruto de las también inevitables emociones encontradas y, por qué no decirlo, infringidas por una pulsión arrolladora por imponerse, aprovecharse, dañar e incluso odiar... vamos, por los pecados de soberbia, ira, envidia, egoísmo, vanidad... pecados «capitales» por ser originarios de otras muchos comportamientos lesivos para el otro y contrarios a la voluntad bondadosa de Dios. Pero además del perdón de las ofensas personales, como «imperativo» para los cristianos, se trata de cultivar una actitud social o política, de reconocimiento de la otra parte, generosidad con sus motivos y disposición permanente por llegar a un acuerdo, favorecer un arreglo y mantener hasta la última posibilidad el diálogo y la fraternidad. Tal vez eso era lo que estaba por debajo de aquella recomendación de Jesús a intentar resolver las diferencias sin llegar el pleito (Lc 12,58).

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