martes, 14 de junio de 2016

Jubileo de la Misericordia 17

¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: «No permitan que la noche los sorprenda enojados» (Ef 4,26). (Misericordiae Vultus 9)
Perdonar, para perdonarnos a nosotros mismos la carga de la cuenta pendiente, la falta de paz y la ocupación onerosa de nuestra mente y nuestra alma. Porque la ofensa sin rescindir nos secuestra buena parte de nuestro tiempo y nuestras energías. Hasta que no perdonamos, somos rehenes de esa herida, y lo que creemos retenerle al otro por su falta, nos lo negamos a nosotros mismos. Por eso dice el papa que el rencor y la venganza son obstáculos para la felicidad que sólo el perdón puede saltarlos y descubrir que había mucha vida más allá de la historia pasada. Estas propuestas, que para el cristiano son las propias del Evangelio y de la fe en Dios, conectan directamente con otras que los expertos en inteligencia emocional hacen para ayudar a desatascar los bloqueos y las arenas movedizas del perfeccionismo, la culpabilidad exacerbada, la impotencia ante el pasado... todas aquellas zonas erróneas y dañinas que nos impiden aceptarnos y convivir con lo que somos o lo que hicimos. Pero esta vía de la autoaceptación y la necesaria comprensión para con nosotros mismos, es del todo incompatible con el estacionamiento en las deudas pasadas que otros nos ocasionaron y que se convierten en obsesivas búsquedas de compensación y resarcimiento, inacabables listas de agravios, mordientes cantinelas en las que se repiten las mismas escenas y las mismas frases en detrimento de la buena salud, empezando por el buen sueño y la feliz estancia entre los demás. Así, el perdón y la reconciliación aúnan las finalidades complementarias de llevarnos bien con nosotros mismos y con los otros con los que convivo. Y estas deseables armonías que pasan por la indulgencia y la compasión para con los errores propios y ajenos, requieren de una verbalización que nos ayude a poner frente a nosotros lo que nos atenaza, relativizarlo como parte de la natural fragilidad humana y comunicarlo para compartir su peso y desdramatizar supuestas conciencias de excepcionalidad. Solo quien ha dicho alguna vez, de corazón y con voluntad de enmienda, «perdona», «lo siento», «no quiero ser así», «no volverá a pasar», es capaz de enfrentarse al realismo de nuestra verdadera identidad, así como se encuentra en mejores condiciones para acometer la tan deseable como escarpada ruta de la conversión, el cambio, la superación, la mejora de nuestras condiciones personales y de nuestro comportamiento relacional. Pedir perdón a otros para perdonarse uno mismo; perdonar la ofensa para aumentar el caudal de amor que tan necesario nos va a ser para soportarnos y que otros nos soporten. Y si la medida es generosa, para no solo soportarnos sino incluso llegar a estimar lo que somos y lo que ellos también se merecen. Desde luego que si la noche no nos sorprende enojados, además de dormir mejor, nos despertaremos mucho más preparados para disfrutar de esa difícil confluencia de los astros que somos y son nuestras relaciones con los demás.

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