domingo, 10 de julio de 2016

Jubileo de la Misericordia 18


Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser un palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. (Misericordiae Vultus 9)
Misericordia bíblica que se dice de muchas maneras, más allá del uso de los términos hebreos rahamim (de rehem: entrañas maternas, útero; splánchna en griego para el Nuevo Testamento) y hesed, traducido al griego como éleos: ternura, compasión. Porque con esos términos o si ellos, desde la Creación del mundo y la humanidad, hasta la muerte compasiva de Cristo, pasando por la liberación de la esclavitud en Egipto y la fidelidad de Dios para con su pueblo, toda la historia que cuenta la Biblia, que es una historia de salvación, implica la puesta en escena de la acción amorosa de Dios y su voluntad, igualmente bondadosa, de vida para todos sus hijos. Tanto la fe judía como la cristiana, se basa en una experiencia de esa misericordia a través de hechos en la vida del pueblo, en el transcurrir de los acontecimientos, felices o desdichados, pero siempre bajo la estela luminosa de la apuesta divina por la plenitud y la realización de sus promesas. El papa insiste pues, y con razón, que no es una abstracción, un concepto o una difusa sensación lo que la fe cristiana encuentra en el registro bíblico de la revelación divina, sino una larga, azarosa pero no fatalista, historia de amistad y proceso de cumplimiento cabal de nuestro destino: ser uno con Dios, como lo son Jesús y el Padre. Por ello, creer que Dios es misericordioso y que su presencia, a través de su gracia activa en la historia, motiva nuestra misericordia para con quienes la necesitan, no puede ser nunca una evasión espiritualista o teológica sin consecuencias prácticas, sin compromisos puntuales de solidaridad y justicia para con los refugiados y emigrantes, las minorías oprimidas, las mayorías empobrecidas y la totalidad de las personas que nos recuerden los vínculos fraternos por los que no podemos desentendernos a lo Caín, de la suerte del hermano. Como hilo conductor de la Creación y la llamada de Abrahám, como intención del programa liberador para Moisés, como inspiración de la Alianza con Dios que siempre será también justicia para las viudas, huérfanos y extranjeros, con los tonos reivindicativos de la denuncia profética o con la música serena del canto a la fidelidad tenaz y entrañable de Dios en los salmos... así hasta llegar a la mirada y el oído de Jesús para el sufrimiento y el desvalimiento de los más débiles, toda la Biblia es constancia e invitación a experimentar y recrear esas actitudes que habrán de convertirse en programas y citas concretas con los que nos necesitan.

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