jueves, 11 de agosto de 2016

Domingo 14 de agosto: XX de Tiempo Ordinario (Ciclo C)


LECTURAS


  • Jeremías Sal 39,2.3;4.18
  • 38,4-6.8-10
  •  Hebreos 12,1-4
  •  Lucas 12,49-53

La misión de Jesús, arraigada en una profunda intimidad con el Padre y traducida a nuestras expectativas como una oferta de vida plena y con sentido, felicidad que no se marchita ni se devalúa con el tiempo, supone una auténtica transformación de las personas y, a través de ellas, del mundo. Lejos de ser un iluso utópico, Jesús de Nazaret, realista él, conoce las dificultades, ha experimentado y experimentará hasta el extremo (el bautismo de la cruz) las oposiciones que ese proyecto suscita. Por eso advierte a sus seguidores de lo que le espera. No es solo honradez de buen maestro, sino la voluntad de compartir con los que le siguen la profundidad de los efectos renovadores de dicho proyecto. Como el fuego que para brillar y dar calor quema y destruye, el hombre nuevo que daremos a luz si aceptamos el Evangelio tiene que dejar atrás muchas alternativas opuestas a los valores del Reino. Y por eso mismo tendrá que afrontar muchas disensiones e intentos de acallar o domesticar lo que solo desde la más arriesgada libertad puede desplegar su potencial capacidad multiplicadora. Porque esta visión de la vida, que Jesús enseña con la suya propia puesta en juego, no es solo una vía de felicidad y sentido individual. Esto es muy importante: para Jesús, el Evangelio del Reino conlleva una inseparable apertura al cambio social, a la construcción de un mundo más justo y solidario, junto con la consecución de una vida personal más plena y feliz. El sentido de la vida personal es inseparable de la aportación para una sociedad más humana y fraterna.

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