martes, 9 de agosto de 2016

Jubileo de la Misericordia 22


La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia. (Misericordiae Vultus 12)
Un oasis en medio del desierto, agua y alimento para una caravana exhausta y hambrienta, aunque vaya cargada de un sin fin de enseres y chiches que no le sirven más que de peso en el camino. Sombra donde parar y recogerse después de siglos de kilómetros huyendo de uno mismo y de lo esencial de la vida. Ese es el oasis que la Iglesia debiera ser, porque esa es la parada y fonda que la humanidad necesita en este tiempo de la historia. Porque cuando la identidad de una comunidad es servir, su programa no puede ser otro que el de las necesidades de aquellos a cuyo servicio estamos. El Dios que se hace maná en el desierto del Éxodo, el Dios que se hace carne en la vida de Jesús, el Cristo que se ha pan y vino para una multitud desvalida como rebaño sin pastor, es el mismo Dios que manda a su Iglesia volverse oasis y refugio para los hombres y mujeres hambrientos de sentido, sedientos de Espíritu, perdidos en sí mismos, cansados de acumular los bolsillos y vaciar el alma. Y el único tesoro que podremos ofrecer a quienes se acojan a nuestro santuario de hospitalidad y fraterna solicitud, es el amor de Cristo, maná, pan, vino y solidaridad para quien llame a nuestra puerta o tan solo pase por nuestras sendas. Un amor que es reconocimiento del otro, pero también una oferta de orientación para saber dónde ir si uno ya se cansó de dar vueltas hacia ninguna parte. Un amor que es fortaleza para el espíritu, pero también inquietud para devolver lo recibido en forma de preocupación recíproca por los otros que van a nuestro lado. Ni que decir tiene que para conseguir esta oportuna conversión de nuestras comunidades cristianas en «hospitales de campaña» (Meditación diaria en la Casa de santa Marta, 5 de febrero de 2015) será menester esa «conversión pastoral de la Iglesia» (Evangelii Gaudium 25-33) que el papa sitúa como requisito para lograr el fin de ser una Iglesia en salida. Mal oasis seremos si no acondicionamos nuestras parroquias y movimientos, instituciones y recursos de cara a servir y curar. Por eso el papa nos ha invitado a que revisemos desde los horarios a las agendas para que la conversión pastoral nos permita albergar y distribuir ese amor de Cristo que era nuestro primer pozo, nuestra raíz y lugar en medio de la historia de la humanidad.

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