martes, 16 de agosto de 2016

Jubileo de la Misericordia 23


Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida. (Misericordiae Vultus 13)
Cuando en el reciente viaje del papa a Polonia con motivo de la JMJ, Francisco visitó Auschwitz, no hizo discursos, quiso que la suya fuera una visita contemplativa, en la que percibiera por sus propios sentidos el horror del que somos capaces los humanos. No fue solo un gesto de humildad, que también y no pequeño, era la comprobación de la importancia del silencio como tiempo para el descubrimiento de la verdad que somos y lugar de encuentro con el misterio que permanece cuando las palabras son innecesarias, si no un estorbo y una ruidosa huida de lo esencial. La escucha de la Palabra y el silencio que la posibilitan, son los umbrales de la misericordia para que ésta, como en la parábola del sembrador, no fenezca antes de haber madurado. Si escuchamos la Palabra en el marco de la meditación, que respeta el ritmo del mensaje divino, ésta puede arraigar en nuestro interior callada, entrar por los sentidos del alma abiertos gracias a la pausa impuesta a nuestra tendencia a emitir sin interrupción. Una meditación que, como saben todas las tradiciones espirituales, requiere reposo corporal, actitud vigilante, respiración profunda y el tiempo preciso para que llegue al fondo de nuestro ser, tan poco frecuentado por nuestra navegación de superficie, por nuestras rutas de cabotaje. Y es en esa profundidad donde se percibe con nitidez, sin argumentos ni frases, que Dios es amor, que está en nosotros con una perseverante apuesta a prueba de nuestras defecciones. Sí, entonces la misericordia no es una conclusión teológica ni una orientación moral, es una realidad palpable porque nos sentimos inquilinos bienvenidos y, a la vez, morada donde ella habita. Solo así podemos «asumirla como propio estilo de vida», no por bienintencionado voluntarismo, sino por connatural fluidez del que vive lo que respira, habla de lo que escucha, siente lo que es y calla para poder decirlo con toda su vida.

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