lunes, 5 de septiembre de 2016

Jubileo de la Misericordia 26


Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo. (Misericordiae Vultus 15)
La compasión, para no quedarse en sentimentalismo, debe partir del conocimiento, lo más cercano posible, de la realidad sufriente. Igual que nuestra sociedad de consumo material, informativo y de ocio, supone muchas lagunas y omisiones, también tiene de positivo que permite acceder rápidamente a muchas situaciones y realidades. Hoy no tenemos excusas para decir que no lo sabíamos, que no estábamos allí. La justificación de Caín se hace más difícil cuando contamos con la posibilidad de conocer, incluso con la profundidad del análisis reflexivo, las múltiples causas de la pobreza, la injusticia, la destrucción de la naturaleza, el desarraigo de millones de personas, la explotación de pueblos enteros. Pero este conocimiento, con ser imprescindible, no es suficiente. El papa, como característica propia de la misericordia, a la mirada realista y bien informada sobre el mundo, añade el tacto, la caricia, palpar y abrazar la humanidad que hay por debajo de las imágenes impactantes y de los fríos números de estadísticas y cómputos, por horrorosos que sean. Mirada y manos que conocen y acercan, son los antídotos contra la indiferencia y la autocomplacencia. Sin embargo, bien sabemos que esa aproximación intelectual y entrañable exige un cambio de la persona para abrir los ojos y mirar en la dirección de la solidaria fraternidad. Sin el cambio del corazón y la mente, difícilmente nuestra existencia abrirá las manos, primero para vaciarlas de tanto como las llena y ocupa, y luego para curar, levantar, acoger. De este modo, una vez más, nos vemos impelidos a trabajar en la transformación constante de nuestras vidas, sin las cuales, aun sien buenas, las intenciones no pasan de ser deseos y ensoñaciones.

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