miércoles, 28 de septiembre de 2016

Jubileo de la Misericordia 27


Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. (Misericordiae Vultus 17)
Aunque el aviso vaya para los confesores, sirve para que todos, pues todos somos penitentes, calibremos el verdadero sentido de este sacramento dentro de la historia de la misericordia divina. El perdón no es un paréntesis sino parte de un proceso. Buscamos el perdón porque nos sabemos pecadores, sí, pero también porque sabemos que Dios es más y mejor de lo que nosotros pensamos. Esa vivencia debiera convertir la confesión en una estimulante ocasión de proyectarnos hacia delante con una imagen mejorada y realizable de nuestra condición de cristianos, seguidores de Jesús y miembros de la Iglesia. No corren buenos tiempos para esta difícil inversión del curso de nuestras emociones cuando se ven heridas. Las dramáticas consecuencias del terrorismo y de otras formas de crimen, se lo ponen bien complicado a la reconciliación. Y sin embargo, a la larga, es el último camino que tiene continuidad, pues por el sendero de la venganza, como ya predijera Gandhi, «ojo, por ojo...; y el mundo se quedará ciego». Por eso, la apuesta por el perdón como expresión de la misericordia, necesita su dieta, su pedagogía y su liturgia. Aprendemos a perdonar reconociendo nuestras propias incoherencias, recordando las veces que fuimos perdonando. Adquirimos la fuerza necesaria para superar la ofensa y su daño, cuando miramos al otro como alguien que, como persona, siempre es más que lo que hizo o lo que dijo. El gesto celebrativo de la confesión pone en práctica este aprendizaje y le sirve de recordatorio, estímulo y corolario agradecido. Si a amar se aprende amando, a perdonar sólo acogiendo la bondad del otro se puede aprender.

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