lunes, 24 de octubre de 2016

Jubileo de la Misericordia 31



Vivir entonces la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la redención de Cristo, porque el perdón es extendido hasta las extremas consecuencias a la cual llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia misericordiosa. (Misericordiae Vultus 22)
Aun en boca del papa Francisco, hablar de «la indulgencia», así, con un artículo determinado que las distingue de la indulgencia como tendencia a perdonar y mostrar condescendencia ante la culpa, suena todavía rancio y un tanto incomprensible. La «indulgencia» en su acepción eclesiástica, según el Diccionario de la Real Academia alude a la «remisión ante Dios de la pena temporal correspondiente a los pecados ya perdonados, que se obtiene por mediación de la Iglesia». A este tema dedica el Catecismo de la Iglesia Católica (11 de octubre de 1992) los números 147-1479 dentro del artículo dedicado al sacramento de la penitencia y la reconciliación (Segunda Parte, Segunda Sección, Capítulo 2º, Artículo 4º) Tema prolijo, teológica e históricamente. Está en el origen próximo (el remoto es más amplio y complejo) de la Reforma Protestante, cuando Lutero reaccionó con sus «95 Tesis» contra la predicación de las indulgencias en 1517. El papa remite directamente a la indulgencia de Dios Padre como su permanente disponibilidad a perdonarnos los pecados, un perdón sin límites que puede destruir todos los pecados. Pero también reconoce el papa la contradictoria condición humana, susceptible de tender a la perfección con la ayuda de la gracia de Dios, pero igualmente sometida a la fuerza del pecado que pugna en dirección contraria a la bondad del amor de Dios. Por eso, aunque el perdón es real y efectivo, también lo son los efectos del pecado, lo que el papa llama «la huella negativa» del pecado que permanece en nuestro pensamiento y comportamiento. Y es ahí donde, a través de la Iglesia, la indulgencia de Dios actúa borrando ese residuo, liberando del rastro condicionante del pecado la vida de la persona arrepentida y reconciliada. Para que no quede duda de que el acto eclesiástico de conceder «indulgencias» a los que cumplan determinadas condiciones del Jubileo (peregrinar, arrepentirse, confesar, comulgar), debe entenderse dentro de esta afirmación del ser indulgente de Dios, el papa remarca la prioridad del amor de Dios y la confianza en su perdón. No obstante esta explicación más integral y dinámica de lo que pudiera parecer una concesión administrativa del perdón divino a la Iglesia, subsisten no pocas dificultades y resistencias para comprender la actualidad y conveniencia de esta procedimiento eclesial para manifestar la búsqueda y el logro del perdón que sólo Dios da y lo hace gratis y por propia voluntad. Por eso, además de la precisión de las palabras del papa sobre el verdadero carácter de la indulgencia, es oportuna su consideración dentro del papel de marco facilitador que la Iglesia desempeña en la vivencia de la fe, de la conversión y del perdón. Se trata más de un medio comunitario para la motivación y toma de conciencia de la indulgencia divina, que una mera gestión administrativa limitada al hecho puntual de la obtención de la «indulgencia» Es pues, dentro del proceso integral de la conversión y de su vivencia en el seno de la Iglesia, como habrá que entender y vivir esta expresión de nuestra confianza en que Dios nos quiere perdonar, y por eso, nos perdona.

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