jueves, 17 de noviembre de 2016

Domingo 20 de noviembre: XXXIV de Tiempo Ordinario (Ciclo C)



LECTURAS


  • Samuel 5,1-3
  • Sal 121,1-2.4-5
  • Colosenses 1,12-20
  • Lucas 23,35-43

Más allá de las referencias a lo real por el título de rey de los judíos, jaleado como un insulto, escrito en la cartela de acusación como una ironía, es el pobre ajusticiado junto a Jesús el que nos devuelve a la profundidad y trascendencia de lo que significa el Reino de Dios. El que se ve postrado sin solución, el que incluso ya se desprecia a sí mismo, el que ha saboreado la amarga hiel de ver su vida hundida en el abismo hasta el punto de aceptar la muerte como una liberación… ese representa el indicador oportuno de la gratuidad, bondad y grandeza del Reino de Dios. Jesús lo anunció, lo significó con sus milagros y con sus gestos de misericordia, con el perdón y la aceptación del otro, con la mirada de cariño, la palabra de consuelo, la llamada a seguirle y su propia fidelidad hasta la cruz. Pero Jesús no explicó nunca en qué consistía el Reino. No era una idea, sino una experiencia de libertad, amor y salvación. Y solo por esa experiencia se puede entender, valorar y acoger el Reino como la voluntad última del Padre, como su plan sobre toda la Creación. El último domingo del año litúrgico, antes de empezar con el Adviento otro ciclo de lecturas con las que celebrar el misterio de la fe en el Reino proclamado por Cristo, transcurre esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo, que es una luminosa señal de esperanza. Cristo vivió, murió y resucitó para animarnos a creer que hoy y siempre, por la fe y el seguimiento, estaremos con Él donde Él está, en Dios. Y esto no ocurrirá cuando muramos. Ya ha empezado, cada creyente lo vive realmente cuando toma conciencia de su comunión con el espíritu de Cristo y con Él se siente, como Él, uno con Dios.

No hay comentarios: