viernes, 4 de noviembre de 2016

Domingo 6 de noviembre: XXXII de Tiempo Ordinario (Ciclo C)

LECTURAS

  • Macabeos 7,1-2.9-14
  • Sal 16,1.5-6.8.15
  • Tesalonicenses 2,16–3,5
  • Lucas 20,27-38
La teología clásica denominaba postrimerías a lo que luego se ha llamado escatología: lo que está al final, al final de la vida de cada persona y del fin del mundo. Y a esas cuestiones se dedican los últimos evangelios del ciclo litúrgico. En este caso, la cuestión, y no es una cuestión pequeña, es la resurrección de los muertos. Hay que conocer el dato significativo de que la fe en la resurrección aparece en la Biblia ya en fechas tardías, en la época helenística (siglo iv a. C.), como se ve en los libros de los Macabeos. Esto supone que durante siglos el pueblo de Israel, creyente como el que más en Dios, en su Creación y en su presencia en la historia, no crea, sin embargo, en la supervivencia individual después de la muerte. Esta curiosa separación entre la fe en Dios y en la resurrección muestra que no es cierto, como defienden muchos teóricos ateos, que la religión sea fruto del miedo a la muerte. Al menos para Israel, durante siglos, ambas cosas no iban unidas. Todavía en tiempos de Jesús, un grupo tan religioso e influyente como los saduceos, de casta sacerdotal, negaba la resurrección de los muertos. Por eso le ponen a Jesús esa «trampa saducea», la casuística sobre el estado civil de los resucitados. Jesús sí cree en la resurrección, la suya y la de todos. No da muchos detalles sobre el cómo ni el cuándo, pero es indudable que como parte de su confianza en Dios Padre cree y espera que la vida espiritual, como relación ininterrumpida con Dios, no se rompa para siempre con la muerte. Esa es la base de nuestra fe en la resurrección, de la que el propio Jesús es modelo y primicia.

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