lunes, 7 de noviembre de 2016

Jubileo de la Misericordia 33



Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable es la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene. (Misericordiae Vultus 25)
«A Dios nadie lo ha visto jamás, el que está junto al Padre nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18) Estar, estar con Dios es la condición para poderlo conocer y darlo a conocer. El Evangelio de Juan tiene esto muy claro, seguir a Jesús, es estar con Él y estar con Él permite estar donde Dios y Jesús conviven en intima y amorosa comunión. La misericordia que durante el Jubileo propuesto por el papa Francisco, ha sido motivo de contemplación, reflexión y decisiones solidarias, mana de esa estancia en comunión que es Dios. Y creer, la fe, la Iglesia y todas sus modalidades de seguir a Jesús, deberán facilitar estar en Dios. Ese es el río de la misericordia, estar con quien tan bien nos ama y encontrarle una y otra vez cuando amamos, perdonamos y servimos a los que más lo necesitan. Por eso, la misericordia no es una energía vaporosa sino un rostro, el rostro de quien se alegra cuando nos ve, la sonrisa abierta y franca del que mira al otro y se reconoce parte de él. Es el rostro de Jesús que mira con cariño, habla con sinceridad, llama por valorarnos, cura porque sabe que al final será la salvación la que todo lo complete. El rostro del crucificado y los crucificados. Pero también el rostro que alivia el Cireneo y los millones de personas que siguen aliviando a los refugiados, enfermos, empobrecidos, sin techo y tantas otras pesadas e injustas cruces que salpican la historia y siluetean también el paisaje de nuestro tiempo presente. Y ni acabará el dolor, pues frágil es nuestra constitución y lábil nuestra moral, ni cesará la misericordia que corre presta a mitigarlo y piensa en vela cómo erradicarlo cuando es evitable, cuando es consecuencia del pecado y la injusticia, y no de las leyes de la naturaleza. Si el Jubileo de la Misericordia nos ha servido para algo, lo notarán los puestos vacíos en las mesas de las ONG, las vacantes en los compromisos por la solidaridad. Pero también será preciso que la misericordia, junto a las horas de generoso voluntariado, implique decisiones colectivas en favor de una Iglesia todavía más samaritana, una política menos corrupta, una sociedad reconciliada, la humanidad reencontrada como una misma familia, pues común es su origen e irremediablemente común será su destino. Y de las agendas que guardan tiempo para el compromiso y los cuadernos donde apuntamos ideas y proyectos de transformación del mundo, volvemos a la profundidad insondable de Dios, sin marearnos ni perdernos en una autosuficiente espiritualidad individualista, pues es de su proximidad y de la amistosa estancia con Él, de donde proviene y se alimenta la fuerza que mantiene agendas y cuadernos, reuniones y actividades, sonrisas y abrazos, café caliente en las noches frías de los cajeros y hospitales, escuelas, lavanderías, albergues, comedores, talleres ocupacionales, pedagogías alternativas... y tantas y tantas otras iniciativas que ponen rostro y permiten siquiera vislumbrar al que nadie ha visto jamás.

No hay comentarios: