lunes, 14 de noviembre de 2016

Jubileo de la Misericordia 34 y última

«Un año de gracia»: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir. Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. (Misericordiae Vultus 16)
El año jubilar tiene su precedente bíblico en los años sabáticos para el descanso de la tierra (Ex 23,10-11; Lv 25,1-7) pero que se amplió a un nivel social de reconciliación y cancelación de las deudas (Dt 15,1-2). La Iglesia los propone como un tiempo de profundización de nuestra experiencia creyente, enfocando nuestra atención hacia alguno de los aspectos de la vida de fe. Este año jubilar de la misericordia, convocado por el papa Francisco, comenzó con la vigilia de la Inmaculada del pasado año 2015 y concluye con la fiesta de Cristo Rey de presente año 2016. Como el propio papa nos dice, ha sido para todas las comunidades católicas «un año de gracia», porque son incontables las iniciativas de espiritualidad, formación, y sobre todo sociales, que se han llevado a cabo por todo el mundo. Por insistencia del papa y sentido profundo de la misericordia, hemos tomado conciencia de que «la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor... La justicia de Dios es su perdón cfr Sal 51,11-16» (Misericordiae Vultus 20) Y es que la gracia de Dios nunca es exclusivamente una moción espiritual, porque tampoco el espíritu está nunca aislado de la realidad histórica, material y social del ser humano. Por eso, cada miembro de la Iglesia y todas sus comunidades hemos intentado realizar gestos de solidaridad compasiva, compromiso liberador y respuesta generosa a la situación de tantos hermanos nuestros en cuya menesterosidad hemos reconocido una vez más a nuestro propio Señor (Mt 25). Pero, si esos intentos se quedaran aislados, si concluyeran con el Año de la Misericodia, si no los hemos convertido en actitud permanente de nuestra fe y nuestra caridad, entonces echaríamos por tierra la gracia que nunca se interrumpe, que mana incesantemente para que nuestras manos y nuestros corazones estén dispuestos al amor servicial y curativo. Merece la pena considerar que junto a la pobreza sangrante por la falta de recursos para vivir con dignidad, por la injusticia de la explotación y la desigualdad, también se dan esclavitudes propias de la vida moderna, dice el papa, y cita esa actitud de repliegue sobre nosotros mismos que tanto nos empobrece y tanto nos incomunica del manantial de la gracia. Al concluir la serie de comentarios dedicados a la bula de indicción del Año de la Misericordia, deseamos en oración y comunión de fe con todos los que las hayáis podido leer, que esa gracia que tan generosamente nos ha concedido nuestro Padre Dios, redunde en alabanza suya para el bien de todos nuestros hermanos, sobre todo los más débiles (Ef 1,3-14). Amén.

  • Eucaristía de clausura diocesana del Jubileo de la Misericordia: sábado 19 de noviembre a las 11h. en la Catedral.

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