jueves, 16 de febrero de 2017

Domingo 19 de febrero: VII de Tiempo Ordinario (Ciclo A)

LECTURAS


  • Levítico 19,1-2.17-18
  • Sal 102,1-2.3-4.8.10.12-13
  • I Corintios 3,16-23
  • Mateo 5,38-48


Para entenderse y no matarse, hace falta una «ética de mínimos» ¿seguro?, ¿sólo con los «mínimos» de no matarnos y no atropellarnos es suficiente? Es cierto que no sería poco llegar a esos mínimos, pero con Jesús vamos más allá, hacia el perdón, la solidaridad, la compasión, la empatía... hasta la fraternidad. Esos máximos que marca el amor fraterno tirarán de nosotros para cumplir los mínimos y no quedarnos en ellos, si no, puede que ni lo uno ni lo otro. Por esa vía, Jesús, además de radicalizar la ley de Moisés en la dirección de alcanzar el máximo posible, se convierte en una propuesta pedagógica de auto-exigencia y aprendizaje permanentes. Sin esta dimensión pedagógica, si nos quedamos únicamente en el resultado final, en la meta apuntada al final del camino, la nueva ley no lo es tanto y enferma del "mal de la piedra", que no es otro que la literalidad y el "normativismo". Por eso, la moral del Evangelio, además de radicalizar la antigua ley, la interioriza, hasta convertirla en algo que surge de nuestra propia fidelidad a nosotros mismos, en cuanto que ya no podemos ser sin traicionarnos más que cuando somos como esa ley del amor y la reconciliación nos indica. Ley, por tanto, que no es externa sino intima, que, venida de Dios, se convierte en nuestra única posibilidad de realización plena de nuestra humanidad, ya inseparable de nuestra filiación de Dios. Radicalización e interiorización coinciden en el gran hito de la autenticidad, como personas, como hijos de Dios. Por eso, los premios ya están dados, pero solo se cobran cuando de veras vivimos lo que creemos, practicamos lo que confesamos, cumplimos lo que somos. Esa es la perfección que el Padre nos otorga y que a nosotros toca recibir cumplidamente.

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