viernes, 10 de marzo de 2017

Domingo 12 de marzo II de Cuaresma (Ciclo A)


LECTURAS

  • Génesis 12,1-4a
  • Sal 32,4-5.18-19.20.22
  • II Timoteo 1,8b-10
  • Mateo 17,1-9
Del desierto, donde Cristo decanta su sí al Padre, al Tabor en el que se transfigura, Jesús ha ido confirmando aquél sí con su plena dedicación al anuncio del Evangelio, con palabras y obras de misericordia. Los discípulos no se habían dado cuenta, pero cuando estaba rodeado por la multitud, cuando tocaba al leproso y hablaba con el marginado, sus vestiduras, su carne, su vida entera resplandecían ya, pues revelaba al Padre. Del Tabor al Gólgota, los discípulos tendrán que aprender a ver cómo la vida entregada de su Maestro transfigura el amor incondicional de Dios. La Transfiguración aparece en los tres evangelios sinópticos, aunque también la podemos intuir en Juan (1,14; 12,28), pero muy modificada al estilo teológico y con el interés catequético del evangelista de la palabra hecha carne y glorificada en la cruz. Mateo sigue punto por punto a Marcos. Solo añade la consideración de la reverencia y temor que produce en los discípulos: «cayeron de bruces, llenos de espanto». Así como la alentadora respuesta de Jesús: «no temáis» Es como si el Jesús de Mateo correspondiera al sentimiento sobrecogedor que producía el Dios de la antigua alianza (Moisés y Elías) con la actitud de confianza propia del hijo, conforme a la revelación que el propio Jesús predica de Dios como Padre. Así, la Transfiguración mateana enlaza este episodio epifánico con su línea de mostrar a Jesús como cumplimiento de las palabras que se recogen en la Palabra de Dios: el cumplimiento de las Escrituras. Ese «no temáis» y la presencia ya solo de Jesús, y «nadie más», bien pudiera indicar la convicción que Mateo quiere transmitirnos de que Jesús es suficiente, con sus palabras y su vida, para entender a Dios y recobrar la confianza en Él, propia de hijos. En otros pasajes, el mismo Mateo se encargará de explicitar que no hemos de tirar por la borda la antigua alianza, pero hemos de verla en plenitud en el Hijo del Hombre resucitado. Por eso mismo, merece la pena, hasta que llegue su resurrección, y tras este paréntesis de gloria, de ver en toda su humanidad las peripecias del predicador y sanador de Nazaret, aun cuando sepamos, como Pedro, Juan y Santiago, que en Él se complace el Padre de los siglos.




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